jueves, 7 de julio de 2011

Miss Ideaspropias se moviliza

Jueves, 7 de julio de 2011. San Fermín.
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Como la mayoría de vosotros sabréis, hoy es San Fermín, una fiesta de referencia internacional que se celebra con grandes festejos en Pamplona durante prácticamente toda la semana. Aprovechando esta efeméride voy a dejaros una frase de un escritor y periodista muy vinculado con esta fiesta al que admiro mucho y cuya obra me encanta leer y releer. Sí, sí, Ernest Hemingway, lo habéis adivinado. Hoy es un día tan estupendo como otro cualquiera para recordar a este gran Premio Nobel de Literatura, en esta ocasión a través de una de sus pasiones, el toreo. Para unos un arte, para otros una barbarie, pero posiblemente para todos un bello texto.

Recordaba perfectamente la época de su plenitud, apenas hacía tres años. Recordaba el peso de la chaqueta de torero espolinada de oro sobre sus hombros, en aquella cálida tarde de mayo, cuando su voz todavía era la misma tanto en la arena como en el café. Recordaba cómo suspiró junto a la afilada hoja que pensaba clavar en la parte superior de las paletas, en la empolvada protuberancia de músculos, encima de los anchos cuernos de puntas astilladas, duros como la madera, y que estaban más bajos durante su mortal embestida. Recordaba el hundir de la espada, como si se hubiese tratado de un enorme pan de manteca; mientras la palma de la mano empujaba el pomo del arma, su brazo izquierdo se cruzaba hacia abajo, el hombro izquierdo se inclinaba hacia adelante, y el peso del cuerpo quedaba sobre la pierna izquierda... pero, en seguida, el peso de su cuerpo no descansó sobre la pierna izquierda, sino sobre el bajo vientre, y mientras el toro levantaba la cabeza él perdió de vista los cuernos y dio dos vueltas encima de ellos antes de poder desprenderse. Por eso ahora, cuando entraba a matar, lo cual ocurría muy rara vez, no podía mirar los cuernos sin perder la serenidad.



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