miércoles, 29 de marzo de 2017

Entrevista a Xosé Castro, traductor y corrector

Traductor, corrector, presentador, profesor, frustado monologuista (de momento) y, en definitiva, comunicador y defensor de la eficiencia y limpieza lingüística. Este gallego autodidacta con vocación lingüista ha logrado hacerse un hueco en el mundo de la comunicación. Con las televisiones privadas llegó la necesidad y demanda de traductores. Él estaba en el momento justo, en el lugar oportuno y logró hacerse un hueco y divertirse con un trabajo que, según sus propias palabras, consiste en «transmitir cultura». Es el ejemplo humano de uno de nuestros objetivos: «aprender a ser a través de la práctica». También de superación, de constancia y amor por las palabras. Además, es generoso, pues comparte con el resto de personas cómo seleccionar la palabra exacta y la puntuación correcta para entender y que nos entiendan. Hoy el protagonista de nuestro boletín es Xosé Castro.


 En tu entrada de la Wikipedia dice que eres un «showman de la lingüística». No son palabras que suelan aparecer juntas en la misma frase. ¿Qué es exactamente eso?
¡Dice eso! Tendría que mirarla más a menudo. Me encanta la Wikipedia, porque muta y evoluciona de una extraña manera. La gente añade cosas curiosas. Yo tengo una anécdota personal con esto y es que, en cierto momento, un editor de la Wikipedia (un tipo de Vigo, si mal no recuerdo) no me dejó añadir ni corregir ciertos datos, diciendo que eran un plagio. Me tuve que leer de cabo a rabo las normas de la Wikipedia. Le respondí que no era plagio sino que, obviamente, mi currículo y experiencia está en varios lugares de internet. El editor aquel debió de molestarse con que le señalara una obviedad y decidió borrar las muchas menciones que había a mí en la Wikipedia (aparecía como traductor de tal o cual cosa en otras entradas), además de no dejar corregir errores de la mía. Fue su particular venganza. Si me está leyendo algún editor de la Wikipedia que no sea ese, tengo unas mejoras para mi entrada.

Respondiendo a la pregunta: opino que —modificando el horrible refrán— «La letra, con humor entra». Siempre me he dedicado a las letras y he ido a docenas de congresos que tienen que ver con ellas, y a veces, me aburría muchísimo. Aun hoy en día. Creo que la divulgación científica y cultural para el gran público puede ser entretenida. En ese sentido, hay proyectos en los que se mezcla humor con divulgación (Big Van, Órbita Laika...) que me parecen magníficas iniciativas. Yo me he sumado a ese movimiento a título personal y, en grupo, con www.PalabrasMayores.org, que somos como un grupo de rock... pero de lengua. Nos gusta llamarnos divulgadores lingüísticos. Intentamos, dentro de nuestra suma ignorancia, completarnos con lo que saben los otros.


En un país de titulitis, ¿cómo logró colarse en este mundo de la traducción sin una titulación oficial?
Cuando yo empecé, en 1990, apenas había dos facultades en toda España. En aquella época, casi ningún traductor tenía título. Por suerte, ahora hay como treinta facultades. Las vueltas que da la vida: yo he dado clase a muchos que ahora son profesores, e imparto clases en másteres aquí y en América. Me alegra mucho que esta profesión se dignifique desde las aulas.

¿Cómo ha sido su formación y qué importancia le da al aprendizaje formal?
Soy totalmente autodidacta. Si hubiera tenido el privilegio de recibir una formación reglada y formal, me habría ahorrado muchos disgustos y mucha «prueba y error». Sin duda, es fundamental. Y ahora es cuando digo aquello de... «Niños, no hagáis lo que yo y estudiad».

¿Se ha sentido alguna vez en desventaja por no tener un título oficial?
En contadísimas ocasiones en toda mi vida, pero es lógico. En algunos ámbitos, especialmente en organismos públicos y oficiales, es lógico que haya que demostrar cierta aptitud y que, por tanto, un requisito sea presentar el título. De hecho, yo no puedo aspirar a ciertos puestos en organismos oficiales por esta cuestión, y tampoco ha sido mi intención. De serlo, habría vuelto a las aulas.

Es pionero en el uso y un gran defensor de las nuevas tecnologías, ¿cómo valora la formación en idiomas en modalidad e-learning?
Navego por internet desde antes de que se inventara el término navegar y la Web, así que haber asistido al nacimiento de la enseñanza por internet me parece fantástico (plataformas de educación en línea, ciberseminarios...), porque es la ciencia ficción de antaño hecha realidad: llevar conocimientos a cualquier rincón del planeta. Solo por eso, ya me parece maravilloso. De todos modos, todavía sigue siendo algo incómodo y poco interactivo si se compara con una clase tradicional, en la que ves al profesor y hablas con él en vivo.

En un mundo en el que figuras imprescindibles en la edición de textos y en los procesos de comunicación son invisibles o poco apreciadas, usted reivindica los profesionales de la traducción y dice que son «transmisores de cultura». ¿Qué lugar ocupan los correctores en este mundo?
Son —somos— eslabones de una misma cadena: sin correctores no hay calidad, simple y llanamente. Y, de hecho, los buenos comunicadores y editoriales no conciben una producción sin corrección. No hay mucho más que decir. ¿O acaso no sabemos lo que pasa con la fabricación de ciertos aparatos cuando se elimina la fase de control de calidad final? Los correctores somos el visto bueno, el carpetazo final, la guinda del pastel, el imprímase, el punto final, la última aprobación. Sin nosotros, el texto es como un trapecio sin red. Un día te puede salir bien, pero...

¿Cómo «vendería» a esta figura que, cada vez más, está siendo anulada en muchos procesos de edición de textos?
Mira, imparto clases en algunas empresas, a personal de los departamentos responsables de marketing, dirección, comunicación... y he concluido que el mejor argumento es el crematístico: un texto no corregido y que contenga errores de redacción o de comunicación puede provocar graves pérdidas de reputación o de dinero, o ambas cosas. Hay una buena ristra de ejemplos en redes sociales. Las empresas buenas aplican controles de calidad (ahora que cacarean tanto la excelencia) y también deben hacerlo en su comunicación.

¿Qué cualidades debe tener un buen traductor audiovisual? ¿Y un buen corrector?
Casi las mismas en ambos casos: una curiosidad morbosa y una buena cultura general. Se lo decía hace poco a unas alumnas jóvenes con un pequeño ejemplo: difícilmente vas a poder usar —o corregir a un autor— una expresión tan común como «de manera fehaciente» si tú no la has leído antes, no la conoces o no te resulta común.
El buen traductor o corrector es aquel que, cuando lee —u oye a otra persona— una expresión que ignora, piensa: «Huy, esta debería haberla sabido: voy a aprenderla». El traductor o corrector mediocre piensa: «Yo no la conozco; ergo 1) no existe, 2) está mal o 3) es cultureta».
Los traductores audiovisuales, como los correctores de estilo, tenemos que conocer temáticas variadísimas: documentales, material infantil, películas o textos con gran cantidad de argot profesional. Por eso, contar con una buena base cultural es fundamental.
El buen traductor audiovisual, además, debe ahondar en sus conocimientos sobre lenguaje fílmico y planos, sobre montaje, ajuste y doblaje. Cuanto más sepa sobre el material con el que trabaja, mejor hará su trabajo.

¿Puede usted ver una película sin analizarla sintácticamente?
¿Estamos locos? ¡No! ¡Ojalá! ¿Hay algún traductor o corrector que pueda hacerlo? ¡Preséntamela!

Es gallego y presume de serlo, ¿ha tenido la oportunidad de trabajar la traducción en este idioma? ¿Qué mercado tiene a día de hoy?
Llevo media vida en Madrid y mi gallego se ha oxidado. Hice traducciones al gallego (y de este) cuando empecé, pero lo dejo para gente preparada y con un profundo conocimiento de la norma, que a mí ya se me escapa.

¡Mójese! ¿Cuál es la peor película traducida que ha visto?
Buf, he pasado de la carcajada al llanto con algunas películas que he visto con subtítulos de aficionados (fansubs). Esos piratas se llevan la palma, y además me fascina el hecho de que haya gente tan mentecata que trabaje gratis para que otros se lucren con su esfuerzo. Dentro de las traducciones legales, la del doblaje de Twin Town (1997) contenía un número enorme de expresiones literales, si mal no recuerdo.

¿Y la mejor?
En cine, casi cualquiera de Quico Rovira, Josep Llurba, Nino Matas o Lucía Rodríguez. Siempre he disfrutado mucho sus traducciones. Y es curioso, porque me cuesta más recordar las buenas traducciones por una sencilla razón: porque son buenas. La traducción buena es aquella que pasa inadvertida, que permite disfrutar la película (el libro...) sin fruncir el ceño. Por eso.

A principios de los noventa, mientras sus colegas traductores entregaban los trabajos impresos, usted, amigándose con la tecnología, aparecía con innovadores dispositivos digitales (disquetes) e iniciaba lo que posteriormente se acuñó como «teletrabajo». La innovación, ¿invade o ayuda?
Ayuda, siempre ayuda. Lamentablemente, los plazos de entrega y las condiciones de trabajo son siempre los que terminan ajustados por la tecnología, y suele traducirse en más presión con los plazos. La informática que nos iba a «aligerar el trabajo» en los noventa, nos permite entregar antes un producto prácticamente acabado, y eso tiene su lado positivo y su lado negativo... Yo me quedo con el positivo: vivo feliz desde 1994 trabajando a distancia.

En 2015 publicó con Palabras Mayores, colectivo formado por Antonio Martín, Alberto Gómez Font y Jorge de Buen, todos ellos expertos de disciplinas del lenguaje y la comunicación, el libro 199 recetas infalibles para expresarse bien, un libro divertido, entretenido, de autoayuda lingüística, casi un anecdotario cuya misión es ayudar a escribir y a redactar correctamente. ¿Tienen algún nuevo proyecto en común para este año?
En principio, tenemos pensado ir de tour por América (Estados Unidos, México...) aprovechando que nuestro libro salió a la venta en toda América. Lo pasamos muy bien allá intercambiando conocimientos con nuestros colegas, pero, sobre todo, aprendiendo de ellos. Los españoles tenemos mucho que aprender de América, y mucho que desaprender de nosotros mismos y de nuestros prejuicios y de esta madre patria con la que nos machacaron tantos años. El futuro del español está en aquel lado del charco. «Espabilen, gallegos». ;-)

Los blogueros, instagramers, tuiteros, facebookeros, ¿enriquecen la lengua, potencian el cambio y su evolución o, por lo contrario, la degradan lentamente?
La lengua evoluciona, y eso no implica que mejore, pero nos sobrevive. Yo creo que esos son compartimentos de la lengua, que muta y se transforma adaptándose al medio. El problema surge cuando una persona intenta redactar un libro como si fuera una publicación de Facebook, o alguien cree que una carta de presentación o una publicación en un grupo profesional de Facebook se puede redactar con faltas de ortografía, porque, bah, no es algo tan importante. Sacar las cosas de su contexto es lo peligroso.
¡Que levante la mano quien redactase apuntes en el colegio o la facultad sin abreviar palabras o cometer algunas faltas! ¿No, nadie? Pues claro. Otra cosa es que luego pretendas escribir un examen con ese mismo tipo de redacción apresurada. Y lo mismo se puede decir de la comunicación oral: una entrevista de trabajo, un debate con colegas no es una charla con los colegas en el bar. Lo que más me preocupa es este fenómeno que consiste en rebajar tu registro y simplificar el léxico, para evitar parecer pedante (confundiendo pedante con culto).

Últimamente se ven muchos errores ortográficos en televisión (algunos informativos son todo un referente con sus textos sobreimpresos en pantalla), ¿por qué cree que las cadenas de televisión todavía se arriesgan a dar tan mala imagen en la era de las redes sociales?
Uno ya empieza a pensar si será cuestión de llamar la atención, porque, en algunos casos, es llamativo. Como decía antes, el problema es no saber distinguir contextos y pensar que la informalidad de un lugar puede ser trasladable a otro. El problema no es del periodista con graves carencias que redacta el texto sino el de un jefe que no filtra. Igual que en un restaurante, la culpa de que un camarero sea maleducado no es tanto de él como de su jefe, que lo admite.

¿Cómo hablaremos dentro de cincuenta años?

La lengua está evolucionando muy rápido en estos momentos, porque el mango lo están sujetando las televisiones y medios sociales, dominados, más que en el pasado, por gente muy joven y que no marca tanto la diferencia entre un registro culto y otro informal. La comunicación será mucho menos formal dentro de cincuenta años, mucho más mestiza, porque la hibridación con otros idiomas (mayormente, el inglés) es patente y avanza con fuerza.

(Podéis encontrar la entrevista y el cuestionario Proust de Xosé Castro en nuestro boletín de noticias 42).

1 comentario:

Blogger dijo...

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